Una fe audaz – Pastor David Jang


1. El juicio de Pablo y la decisión del gobernador romano Festo

El pastor David Jang reflexiona profundamente, a partir de Hechos 25 y 26, sobre cómo la providencia de Dios y el evangelio de Jesucristo se despliegan en la historia humana. En estos capítulos, Pablo se encuentra en una situación que prácticamente lo declaraba inocente en un juicio anterior; sin embargo, con la llegada del nuevo gobernador romano, Festo, los líderes judíos vuelven a acusarlo. Pero, bajo el plan de Dios, esto resulta ser el medio por el cual Pablo es enviado a Roma y el evangelio se expande aún más.

El pastor David Jang comienza examinando la figura y el carácter de los gobernadores romanos. Aunque ostentaban un gran poder tanto en lo administrativo como en lo militar, a menudo ejercían un gobierno tiránico, cobraban impuestos de manera abusiva o ejercían violencia, lo que generaba fuertes conflictos con el pueblo judío. Sin embargo, de forma sorprendente, Festo no cedió fácilmente a la demanda de entregar a Pablo para que fuera juzgado en Jerusalén. Cuando los judíos le insistieron en que “enviara otra vez a Pablo a Jerusalén”, pretendían emboscarlo y matarlo. Pero Festo respetó el principio básico de la ley romana: “No se puede castigar a alguien sin pruebas”. El pastor David Jang destaca que esto no ocurrió por azar. Aun en medio de la política autoritaria del imperio, el hecho de que Festo mantuviera este mínimo de justicia prueba que Dios estaba obrando para guiar a Pablo a Roma.

Asimismo, el pastor David Jang resalta que la declaración de Pablo: “¡Apelo al César!” resultó decisiva. Pablo utiliza activamente su ciudadanía romana para evitar las emboscadas de los judíos y, más allá de eso, para cumplir la palabra que el Señor le había dado en Jerusalén, cuando le dijo: “Como diste testimonio de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hch 23:11). Pablo, que era a la vez judío y ciudadano romano, supo usar esa doble identidad como instrumento óptimo para la expansión del evangelio. Y sobre todo, el pastor David Jang enfatiza que esta apelación no fue para salvaguardar su seguridad personal o evadir el sufrimiento. Pablo tenía la firme convicción de que este era el camino ya determinado por Dios y la misión que el Cristo resucitado le había encomendado. Así pues, no se trató simplemente de un recurso para librarse de la injusticia, sino de la decisión de un hombre que comprendió que debía ir a Roma por causa del evangelio.

El pastor David Jang subraya aquí que “el plan absoluto de Dios (providencia) ya estaba cumplido de antemano”. Independientemente de si Festo era un hombre justo o no, o cuáles fueran su carácter o sus ambiciones políticas, Dios protegió a Pablo apoyándose en un solo principio jurídico: “No se puede castigar a quien no se le ha comprobado delito”. El pastor David Jang afirma que, de la misma manera, nosotros debemos reflexionar sobre cómo interpretamos las diversas pruebas y sufrimientos que enfrentamos en la vida. Incluso en las circunstancias que consideramos ‘fortuitas’, la soberanía de Dios está en acción, y ni siquiera el poder más implacable del mundo puede frustrar el plan de salvación divino. El relato del juicio de Pablo así lo demuestra.

Además, el pastor David Jang recalca que este episodio no fue meramente “un juicio para deshacer la injusticia cometida contra Pablo”, sino “un instrumento decisivo para que el camino del evangelio, determinado por Dios, se cumpliera”. Aunque Festo, recién nombrado gobernador, volvió a interrogar a Pablo en Cesarea, camino a Jerusalén, no encontró ninguna prueba de los supuestos delitos. Los judíos acusaban a Pablo de violar la Ley, de profanar el templo o de atentar contra el César, pero no pudieron probar nada. Esto confirmaba no solo que Pablo era inocente, sino también que Dios deseaba llevarlo a los tribunales romanos por un propósito claro. El pastor David Jang señala que, gracias a este proceso, el juicio se convirtió en una oportunidad para proclamar el evangelio, de manera paradójica.

Por último, el pastor David Jang señala como un paso crucial la decisión que tomó Pablo cuando Festo, con la intención de congraciarse con los judíos, le preguntó si quería ser juzgado en Jerusalén, a pesar de su propia conclusión de que “no había delito alguno”. Pablo apeló de inmediato al César como un acto de fe. En Jerusalén, los planes para asesinarlo ya estaban en marcha; como ciudadano romano, tenía derecho a solicitar el juicio del emperador. Esa elección representó el camino ideal para la expansión del evangelio. Finalmente, esta decisión le permitió a Pablo eludir todos los ataques y conspiraciones judías y continuar hacia un escenario mayor, presentando el evangelio ante el mismo emperador romano.

El pastor David Jang destaca así la actitud que todo creyente debe tener al anunciar a Jesucristo. Ante la adversidad o la conspiración, en lugar de desanimarnos o ceder al temor, debemos atisbar con fe la providencia que Dios tiene preparada y obedecer con valentía. Apelar al César no fue un acto de cobardía o temor, sino el reflejo de la entrega audaz de Pablo, decidido a recorrer el sendero previsto por el Señor resucitado. El pastor David Jang nos anima a descubrir, en los cruces de caminos que enfrenta nuestra vida —por muy duros o injustos que parezcan—, que “si Dios ha permitido ese camino, ahí se halla la expansión del evangelio y la realización del plan divino”.


2. El último testimonio ante el rey Agripa y Bernice

El pastor David Jang observa, en la parte final de Hechos 25 y en el capítulo 26, la aparición de Agripa y Bernice, quienes eran los últimos descendientes de la casa de Herodes. El reino judío ya casi había desaparecido bajo el dominio de Roma. Esa dinastía, conocida por su violencia, se remonta a Herodes el Grande, seguido por los tetrarcas y por Agripa I, el que asesinó a Jacobo. Ahora, se presenta Agripa II, junto con su hermana Bernice, rodeados de rumores de incesto, enredados en el cálculo político de Roma y con un trasfondo biográfico muy complejo. Paradójicamente, ante este rey, último de una estirpe oscura y corrupta, Pablo proclama el clímax del evangelio.

El pastor David Jang explica que, cuando Agripa II dijo: “Quiero yo también oír a ese hombre”, en realidad el caso ya estaba decidido por Festo, quien había dicho que en Pablo “no había motivo alguno de muerte o de prisión”. Aunque se mantenía la forma externa de un “juicio”, en la práctica era algo así como una “audiencia pública”. Y Pablo aprovechó esa oportunidad para predicar el evangelio. Ante el gobernador Festo, el rey Agripa, Bernice y los comandantes y altos funcionarios reunidos, Pablo habló no en un simple “tribunal romano”, sino como si estuviera en el “tribunal de Dios”, proclamando la resurrección.

El pastor David Jang destaca la narración que hace Pablo de su propia conversión, tan detallada en este capítulo. De las tres referencias al suceso del camino a Damasco (Hch 9, 22 y 26), en el capítulo 26 aparece la peculiar frase: “Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. El pastor David Jang interpreta que, cuando Pablo perseguía a los cristianos, en realidad Dios ya lo había elegido, de modo que toda su oposición no era más que un “rechazo imposible” que solo le causaría sufrimiento. Y cuando el Señor resucitado le dijo: “¿Por qué me persigues?”, Pablo no solo se asustó, sino que experimentó un sacudón que lo transformó por completo. Su conversión surgió de su arrepentimiento, pero, al mismo tiempo, fue una rendición incondicional ante la aparición del Señor Jesús.

El pastor David Jang contempla cómo Pablo declara esta verdad con valentía ante el rey Agripa. Las palabras que Jesús le dirigió a Pablo: “Te he puesto por ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquéllas en que me apareceré a ti… para que abras sus ojos, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios”, no fueron dadas únicamente a Pablo como individuo, sino a todos los que predican el evangelio hoy. En este punto, el pastor David Jang enfatiza que el llamado de Pablo a “arrepentirse y volverse a Dios” no se limitaba a los judíos, sino que se extendía a todo el mundo gentil que necesitaba la salvación divina.

Al oír esto, el gobernador Festo exclama en voz alta: “Pablo, las muchas letras te vuelven loco”. El pastor David Jang ve en esta reacción una evidencia de la fuerza que tenía la predicación de Pablo. Hablar extensamente al gobernador romano sobre la resurrección de Jesús y la soberanía de Dios era algo que rompía los esquemas de la lógica humana, tanto que le tildaron de “loco”. Pero Pablo no retrocede ni un paso, y responde: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y cordura”. Entonces pasa a interpelar al rey Agripa: “¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees”. Asegura que “el hecho de que Cristo haya padecido y resucitado de entre los muertos para anunciar la luz al pueblo y a los gentiles no es más que lo que Moisés y los profetas predijeron”.

En ese instante, cuando el rey Agripa responde: “Por poco me persuades a ser cristiano”, el pastor David Jang ve una extraña victoria en ese diálogo. El rey, que presumía de poder absoluto, le dice al prisionero encadenado que casi lo ha convencido de volverse cristiano. Pero, en realidad, es Pablo quien emerge como vencedor. Él replica: “¡Quiera Dios que, por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fuerais hechos tal cual yo soy, excepto estas cadenas!”. El pastor David Jang interpreta este pasaje como la escena de “un Pablo encadenado, pero espiritualmente libre”. Es un hombre que proclama el evangelio de vida con la mayor de las certezas en cualquier circunstancia. En cambio, Agripa, con todo su poder y su apariencia de libertad, vive atrapado en intrigas, pecado y degradación. A los ojos del mundo, Pablo es un simple reo, pero ante Dios es un hombre libre y victorioso.

Al final, Agripa concluye que Pablo “no ha hecho nada digno de muerte o de prisión” y expresa: “Podría ser puesto en libertad si no hubiera apelado al César”. Para el pastor David Jang, esta afirmación se convierte en el sello oficial de la inocencia de Pablo y confirma de manera definitiva su viaje a Roma, que abarcará casi hasta el final del libro de los Hechos. El apóstol, sin quedar atrapado en ninguna trampa política ni en el complot violento de los judíos, avanza con poder. Y este veredicto reafirma su misión de presentarse ante el emperador de Roma. El pastor David Jang explica que así obra Dios en la historia: “escogiendo al débil y encadenado para hacerlo fuerte y libre, y difundiendo su palabra hasta los confines de la tierra por medio de su amor soberano”.


3. La soberanía absoluta de Dios y la fe audaz de Pablo

Como conclusión, el pastor David Jang afirma que el mensaje central de Hechos 25 y 26 es “la soberanía absoluta de Dios y la fe audaz de Pablo”. Aunque ambos capítulos describen un juicio, en realidad son como una gira de predicación, en la que Pablo proclama a Cristo ante diversas autoridades y multitudes. A pesar de la conspiración de los líderes judíos para eliminarlo, de la cautela política del gobernador romano y de las intrigas e inmoralidad de la casa de Herodes, al final el plan de salvación de Dios prevalece. Pablo, por su parte, demuestra una fe inquebrantable que nace al comprender esta verdad.

El pastor David Jang señala una y otra vez cómo se cumple la profecía veterotestamentaria acerca del Mesías, especialmente la que anunciaron Moisés y los profetas sobre la muerte y resurrección de Cristo. Para Pablo, la resurrección no es solo un evento histórico, sino el suceso trascendental que atraviesa toda la historia humana y señala el “inicio de una nueva era” que los profetas anhelaban. Haber encontrado al Señor resucitado le confería a Pablo la convicción definitiva, inmutable ante cualquier poder. El pastor David Jang propone que este mensaje debe llevar a los creyentes de hoy a aferrarse firme y valientemente a “aquello que creemos” sin ceder, ni siquiera ante la burla o la violencia del mundo.

Asimismo, el pastor David Jang subraya que este pasaje revela “la esencia de la predicación del evangelio”. Incluso ante un rey, Pablo no cambia ni minimiza su mensaje. Delante de judíos o de gentiles, insiste siempre en el mismo núcleo: “Arrepentíos, pues la misericordia y la gracia de Dios han llegado en Jesucristo. No rechazad este evangelio”. Ya sea ante reyes o gobernadores, altos funcionarios o jefes militares, personas influyentes o pueblos empobrecidos, todos están igual de necesitados de aquel que se levantó de entre los muertos. El pastor David Jang señala que, paradójicamente, la multitud de encarcelamientos y angustias que sufrió Pablo se convirtieron en oportunidades para que más personas oyeran el evangelio.

El pastor David Jang explica también que Pablo tenía la profunda conciencia de que “lo que proclamo no es un asunto privado ocurrido en un lugar recóndito, sino la verdad universal que abarca todo el universo”. Observando la historia —la guerra judeo-romana del año 66, la destrucción del templo de Jerusalén por Tito en el 70 y el trágico desenlace en la fortaleza de Masada en el 73—, se ve que los grandes acontecimientos del mundo no se desarrollan solo por planes humanos. El pastor David Jang declara que “la historia es el gran carro que Dios conduce”, y los creyentes somos instrumentos en las manos de Dios conforme a Su plan soberano. Aunque Pablo atravesó un sinnúmero de aflicciones, eso lo condujo al cumplimiento total de la misión recibida. Éste es el punto culminante del mensaje.

El pastor David Jang nos invita a meditar en “esta extraña situación en la que, incluso después de haber demostrado que no era culpable, Pablo debía comparecer ante el emperador en Roma”. Para el siervo de Dios, esa “injusticia” no fue sino la “conducción perfecta del Señor”. Como vemos en los Salmos y Proverbios, el hombre elabora planes en su corazón, pero Dios dirige sus pasos. Pablo, ante los tribunales de Cesarea, de Jerusalén y ante el rey Agripa, seguía proclamando con firmeza: “El evangelio está cumplido. No estoy loco, sino que anuncio la verdad más sensata, la resurrección de Cristo”. Y esta actitud demuestra que “pueden encadenar el cuerpo, pero no el espíritu”.

El pastor David Jang concluye exhortando a cada creyente a meditar en el proceso judicial de Pablo y aplicarlo a su propia vida. Gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo y a la presencia del Espíritu Santo, los cristianos no deberían temer a ningún rey o gobernante. Nos insta a imitar el ejemplo de Pablo cuando, encadenado, proclamó: “Yo quisiera que, no sólo tú, sino también todos los que me oyen, fueseis hechos como yo soy, excepto estas cadenas”. Debemos escuchar la voz de Jesús resucitado y caminar por esa senda de gracia que va “de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios”, sin olvidar que somos mensajeros del evangelio.

Para el pastor David Jang, el mensaje más importante de este texto es que sólo Dios gobierna la historia. Sin el respaldo de ningún sistema político o fuerza militar, e incluso estando preso, Pablo obtuvo la victoria total ante el rey postrero de los judíos y llegó hasta el tribunal de César. Aunque Roma fuera un imperio vasto con ejércitos incontables, ante la sabiduría y el poder de Dios que acompañaban a Pablo, quedaba reducida a nada. Este es, en definitiva, el secreto por el cual la iglesia primitiva “trastornó al mundo” y la certeza inquebrantable que debe poseer todo aquel que testifique sobre el Señor resucitado.

El pastor David Jang señala repetidamente que Pablo proclamaba, en todo tiempo y lugar, estas dos verdades: “Jesús ha resucitado” y “yo he conocido personalmente a este Señor resucitado”. Si nosotros poseemos la misma fe, no nos dejaremos amedrentar por el estatus social, ni por las circunstancias, ni por ninguna conspiración maligna, e incluso ante la amenaza de muerte no titubearemos en anunciar el evangelio. Así como Pablo habló con valentía ante el rey Agripa y Bernice, nosotros también debemos predicar con orgullo el evangelio en cada oportunidad. Y esta predicación siempre estará basada en la resurrección y en la providencia divina: el deseo de Dios de salvar a la humanidad.

Finalmente, el pastor David Jang resume las lecciones principales de Hechos 25 y 26. En primer lugar, el poder terrenal nunca puede sobrepasar la soberanía de Dios. En segundo lugar, incluso en medio de injusticias y conspiraciones, Dios protege a su pueblo y convierte esas circunstancias en un escenario para dar un testimonio más amplio. En tercer lugar, tal como se vio en el testimonio de Pablo, el evangelio es la verdad universal que vale tanto para reyes como para gobernadores, comandantes y personas influyentes. En cuarto lugar, el mensajero del evangelio siempre debe mostrar osadía, sin amedrentarse ante los hombres, predicando el mensaje esencial: la muerte y la resurrección de Cristo. Todo esto descansa en el “plan absoluto de Dios”, ya consumado en Jesús.

El pastor David Jang invita finalmente a la iglesia y a cada creyente a aplicar el relato del juicio de Pablo a la realidad presente. Nosotros también podemos encontrarnos “encadenados” o ser injustamente acusados de mil maneras; sin embargo, en medio de la historia que Dios sigue dirigiendo, no podemos dejar de testificar la resurrección de Cristo y de llamar al arrepentimiento y a la salvación. El suspenso que vivió Pablo al borde de ser asesinado, o el escarnio de ser tachado de loco ante Festo y Agripa, no pertenecen sólo al pasado. En cada época, el mundo que no conoce el evangelio a menudo malinterpreta o persigue a los cristianos. Pero, tal como Pablo fue conducido a Roma, al final se cumple el propósito de Cristo.

El pastor David Jang concluye haciendo un llamado a la oración. Pide que no traicionemos al Señor resucitado, que seamos fieles a la misión encomendada y que, en cualquier sufrimiento, tengamos la valentía de difundir el evangelio. Así como Pablo, estando encadenado, gritó: “Quiero que todos lleguéis a ser como yo, salvo por estas cadenas”, tenemos que transmitir al mundo la libertad espiritual y el gozo de la resurrección que hemos recibido. Aunque parezca que no poseamos poder político o influencia terrenal, la absoluta soberanía de Dios nos abre la puerta a la mayor alegría y gloria.

El pastor David Jang cierra su reflexión enfatizando: “Dios nos conducirá a Su camino, ya sea que demos coces contra Él o que obedezcamos de buena gana. ¿Por qué, entonces, causar heridas innecesarias? Aceptemos la dirección de Dios”. Así ocurrió con Saulo, que experimentó dolor al “dar coces contra el aguijón”, hasta que se rindió diciendo: “¿Quién eres, Señor?”, reconociendo en Jesús resucitado a su Señor y dedicándose totalmente a Él. Esa entrega siguió vigente ante Agripa, ante Festo y ante cualquiera, hasta llegar a Roma, encendiendo la llama del evangelio en la historia. Hoy ocurre lo mismo. El pastor David Jang proclama que este mismo llamado va dirigido a cada uno de nosotros, y nos insta, como redimidos por la sangre de Cristo, a no titubear, sino a aferrarnos firmemente a este evangelio. De este modo, seremos parte de la “grandiosa última declaración” de Pablo —encadenado, pero libre— que describe Hechos 26, reproduciéndola en nuestra propia vida.

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