
I. La plaga y el temor humano a la muerte
El ser humano, por naturaleza, vive con el temor a la muerte. Tal como lo señala el Salmo 62, a veces las personas se tambalean y se agitan, mostrando su fragilidad, y en cuanto sienten la sombra de la muerte, se llenan de incertidumbre y miedo. El pastor David Jang explica que este temor hacia la muerte se hace aún más evidente cuando surge una plaga. A lo largo de la historia, en cada época en que aparecían epidemias, la gente se derrumbaba sin poder hacer nada y vivía presa del terror. Cuando la peste negra asoló Europa, innumerables personas perdieron la vida; y tanto en Oriente como en Occidente, plagas recurrentes dejaron profundas huellas de pánico en la historia de la humanidad. Aun cuando la ciencia y la medicina han avanzado, el mundo sigue mostrándose frágil ante la llegada repentina de un nuevo virus, y las personas, temiendo contagiarse, se aíslan o guardan distancia social. En la medida en que estas situaciones se repiten, cabe preguntarse de dónde puede provenir nuestro consuelo.
En especial, la plaga revela lo fácilmente que el ser humano se siente amenazado. Cuando el miedo a perder la vida por enfermedad arrasa el mundo, incluso el hombre moderno, que goza de bienestar en su vida cotidiana, abandona esos lujos y se cierra en su temor. En ese instante, se experimenta la ansiedad más primitiva que surge en el umbral de la muerte. Por tanto, el miedo ante la plaga no se reduce únicamente al dolor físico o a la preocupación económica, sino que incluye el trasfondo existencial de pensar “¿qué sucederá si llega la muerte?”. No queda más remedio que reconocer cómo el ser humano, lleno de soberbia, se vuelve humilde y frágil ante los desastres naturales o las epidemias.
El pastor David Jang cuenta una anécdota de un país donde iban a ejecutar a alguien cortándole la cabeza con una espada, pero de pronto cayó un rayo que mató al verdugo justo cuando se disponía a cumplir la orden. El foco de ese relato radica en que “la vida depende, en última instancia, de Dios”. Cuando uno reflexiona sobre que el dominio sobre la vida y la muerte pertenece por completo al Señor, toda la arrogancia humana se derrumba en un instante, y uno termina reconociendo cuán limitada es la capacidad de protegerse a uno mismo. Creer que Dios es el soberano de la vida ayuda a los creyentes a liberarse, hasta cierto punto, del temor a la muerte. Sin embargo, dado que es un hecho que innumerables personas se estremecen ante el miedo a morir, resulta todavía más esencial definir “dónde depositamos nuestra esperanza”. Si somos cristianos, debemos aferrarnos al Salmo 62: “Alma mía, espera en silencio solo en Dios, porque de Él proviene mi esperanza”; este es uno de los mensajes centrales de la predicación.
Aunque los humanos nos consideramos superiores a los animales por nuestro “intelecto”, a veces se dice que las bestias perciben antes los cambios de la naturaleza y se alejan del peligro, mientras el hombre reacciona tarde y sufre las consecuencias. Se cuentan historias de cómo, antes de un tsunami, los animales abandonan la costa hacia el lado opuesto, o de cómo las ratas perciben los temblores antes de que empiecen y huyen. Estos ejemplos resultan sorprendentes y, al mismo tiempo, muestran lo tarde que reacciona la humanidad ante desastres naturales o epidemias, y cómo ello produce enormes daños. En definitiva, aunque hemos desarrollado una civilización avanzada y nos jactamos de poseer una inteligencia sobresaliente entre todas las criaturas, continuamos mostrándonos impotentes ante las plagas y los desastres naturales.
Frente a esta impotencia, volvemos a toparnos con la cuestión de la muerte. Nos percatamos de que ni la razón ni la soberbia humana, ni la tecnología de este mundo, son capaces de protegernos plenamente de morir. Es precisamente en momentos como cuando se desata una epidemia que, aunque la ciencia aporte vacunas y tratamientos, comprendemos que el ser humano no posee el poder de eliminar la muerte por completo. Históricamente, al estallar la Primera Guerra Mundial, el liberalismo teológico y la confianza absoluta en la razón humana se encontraban en su apogeo, y muchos creían ciegamente en el progreso, la ciencia y la civilización. Sin embargo, la devastación y la gran cantidad de muertes que trajo la guerra demolieron esa arrogancia de golpe, demostrando que el optimismo “antropocéntrico” puede derrumbarse en un instante. El pastor David Jang señala que esta lección histórica sigue vigente hoy: cuando el ser humano se cree más fuerte, irrumpen grandes calamidades como epidemias o guerras.
En última instancia, la propagación de una plaga es una confirmación de cuán indefenso sigue siendo el hombre ante la naturaleza y ante la muerte. Esto lleva a la gente a reflexionar si “tal vez yo también podría morir”, lo que paraliza toda clase de reuniones y eventos cotidianos, incluso los cultos presenciales. Multitud de personas prefieren no salir de casa, y a escala social se instaura la obligación de usar mascarilla o lavarse las manos con frecuencia. La iglesia no queda exenta de esta dinámica: debe adaptar sus reuniones de acuerdo con las directrices sanitarias del gobierno, limitar las actividades durante cierto tiempo o considerar la posibilidad de realizar cultos virtuales. El punto es que, en medio de esta coyuntura, los creyentes se enfrentan a una pregunta crucial: “¿Tenemos tanto miedo a la muerte que incluso abandonamos la adoración?”. Desde luego, no se trata de exponer temerariamente a los miembros de la iglesia a un peligro innecesario. El pastor David Jang enfatiza que, aunque debemos obedecer a las directrices del gobierno, no podemos llegar al extremo de suspender por completo nuestra vida espiritual, incluido el culto dominical. La esencia de la iglesia es adorar y servir a Dios de manera comunitaria. La plaga pasará; atravesaremos un período difícil, pero este tiempo encierra un mensaje: reflexionar aún más sobre nosotros mismos delante de Dios.
Tanto la historia de la iglesia como la misma Biblia muestran que, aun en periodos de oscuridad y muerte, Dios siempre ofreció un camino de esperanza. En Éxodo, cuando llegaron plagas y calamidades sobre Egipto, el ángel de la muerte pasó por alto las casas que tenían la sangre del cordero aplicada en los postes de la puerta. Del mismo modo, en nuestra época actual, tenemos la oportunidad de volver a meditar sobre la vida, la muerte y la protección divina. Vuelve a surgir la confesión: “La vida depende completamente de Dios”. Al contemplar un ciervo o un jabalí que, de pronto, desciende en busca de comida y refugio, y al recordar cómo los animales huyen al percibir un tsunami, reconocemos que nuestra ansia de vivir nos impulsa a buscar la verdadera “arca de la salvación”, es decir, los brazos de Dios. El pastor David Jang señala que la plaga puede servir para frenar la soberbia humana y hacernos más humildes y temerosos de Dios en medio de la incertidumbre y el miedo.
En síntesis, el temor a la muerte pone de manifiesto con la mayor claridad posible la limitación humana. Cuando el brote de una epidemia no solo amenaza externamente nuestra estabilidad, sino que sacude nuestra interioridad, entonces cada persona se halla ante dos caminos: rendirse en la desesperanza, o mirar a Dios y encontrar en Él su esperanza. El creyente cree firmemente que el poder para superar el miedo proviene únicamente de Dios. El salmista lamenta “¿Por qué te abates, alma mía?”, pero a la vez proclama: “Él solamente es mi roca y mi salvación, mi refugio; no seré conmovido”. Al confiar en que el poder sobre la vida y la muerte no está en manos humanas, sino en manos de Dios, comprendemos que, en última instancia, la muerte no es el fin definitivo, sino un portal hacia la vida eterna.
II. Solo Dios es la roca y la salvación
En el Salmo 62 se repite en varias ocasiones el mensaje central: “Espera solo en Dios”. Versículos como “En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación” o “Él solamente es mi roca y mi salvación, mi refugio; no seré muy conmovido” lo ilustran claramente. El pastor David Jang explica que este salmo se basa en la convicción de que Dios es la fuente de toda salvación perfecta para librarnos no solo del miedo a la muerte, sino de todos los elementos inestables de la vida. Ante una plaga que nos hace conscientes de nuestra fragilidad, la confesión del salmista adquiere una urgencia renovada.
Mediante la imagen de la “roca”, el autor del Salmo 62 describe a un Dios firme e inamovible. Una roca es un símbolo de solidez que no se rompe fácilmente con los impactos del exterior. En la antigüedad, los israelitas, que vivían en regiones áridas como el desierto o la accidentada topografía de Palestina, comprendían de manera vivencial que la palabra “roca” significaba “estabilidad, protección y sostén”. Del mismo modo, para nosotros, en la actualidad, Dios representa esa “Roca”: incluso si se desatan plagas, guerras o crisis económicas, Su presencia permanece inalterable como el fundamento absoluto. Las instituciones y los imperios que el hombre construye pueden derrumbarse con el tiempo, pero Dios permanece para siempre.
El salmista también utiliza la expresión “fortaleza” (o “refugio”) para describir quién es Dios. Una fortaleza ofrece protección frente al ataque de los enemigos, y en varios pasajes de la Biblia el Señor es descrito como refugio y castillo alto para Su pueblo. Esta no es una mera metáfora poética, sino un testimonio derivado de la historia de Israel, que comprobó en repetidas ocasiones la protección de Dios en situaciones extremas. Cuando una plaga hace que el temor a la muerte se vuelva real, las personas buscan un “refugio” que las proteja. Luego de constatar que los medios humanos no garantizan una seguridad total, muchos finalmente vuelven la mirada a la iglesia o a Dios. No hay otro ser fuera de Él que posea autoridad sobre la vida y brinde verdadera seguridad eterna.
El pastor David Jang se basa en Juan 11 para resaltar las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá”. Aun cuando el Señor llegó cuando Lázaro llevaba ya cuatro días sepultado, y sus familiares lloraban la pérdida con inmensa tristeza, Jesús terminó resucitándolo. En Juan 11:35, se menciona que Jesús lloró al ver el dolor de la familia; esto muestra la empatía del Señor hacia el sufrimiento y la angustia humana, Su compasión por nuestras limitaciones. Al mismo tiempo, Jesús declara que tiene poder sobre la muerte, pues es la Resurrección y la Vida.
Además, al decir “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”, Jesús enfrenta directamente la esencia de la fe. Si la vida y la muerte están en manos de Dios, entonces el ser humano puede conservar la esperanza incluso ante la muerte. Así, saber que Jesús posee el poder de vencer la muerte y que el dominio de la muerte es inútil ante Él otorga al creyente la capacidad de superar el temor que causa la muerte desde la perspectiva terrenal. El apóstol Pablo, en 1 Corintios 15, exclama: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu aguijón?”; palabras de burla hacia la muerte, que reflejan la fe en que el poder de la muerte quedó anulado por la muerte y resurrección de Cristo.
En conclusión, la visión que tienen sobre la muerte el Salmo 62, Juan 11 y 1 Corintios 15 converge en un mismo punto: Dios es el dueño de la vida, y por medio de Jesucristo, la muerte ya no es el fin definitivo. Por eso, aunque se propague la plaga y muchos teman morir, el creyente no ha de caer en una desesperación absoluta ni dejarse arrastrar por el pánico. Más bien, como propone el pastor David Jang, debemos acercarnos más a Dios y humillarnos delante de Aquel que tiene el control de la vida y la muerte. Así entenderemos la profundidad de la confesión: “Solo Él es mi roca y mi salvación, mi refugio; no seré conmovido”. Ese es el sentido contemporáneo de dicha declaración bíblica.
Aun si estuviéramos expuestos a un virus y llegáramos a morir físicamente, si creemos que ello no determina nuestro destino eterno, podemos mantenernos relativamente libres de la opresión del miedo que domina al mundo. Claro que es humanamente comprensible sentir temor; sin embargo, nos aferramos a la verdad de que “el Señor es la resurrección y la vida”, y ello nos sostiene. Con esa base, la iglesia debe predicar el evangelio de la “vida que persiste más allá de la muerte”. Precisamente en medio de la propagación de una plaga, cuando tantas personas viven con el corazón lleno de inseguridad, se abre la oportunidad urgente de llevar el mensaje de vida. Para muchos, este puede ser el momento crucial de encontrar la vía de salvación.
En este contexto, el Salmo 62 describe vívidamente quién es Dios mediante expresiones como “Roca”, “Fortaleza” y “Refugio”. Debido a que en Él reside nuestra salvación y nuestra gloria, a pesar de que el mundo entero se conmueva o se expanda la plaga, nuestra esperanza sigue firme al dirigirla hacia Dios. Tal como dice el versículo: “Confiad en Él en todo tiempo, oh pueblos; derramad vuestro corazón delante de Él. Dios es nuestro refugio”. Ese mensaje es el que la iglesia debe transmitir a todos los que están abatidos y llenos de miedo: “Acercaos más a Dios. Él es el único que puede salvarnos”.
La Biblia enseña que, cuando llegan plagas, guerras, hambrunas o desastres naturales, no debemos considerarlos meramente “mala suerte”, sino usarlos como una oportunidad para volver la mirada a nosotros mismos delante de Dios. Después de que Salomón dedicara el templo, Dios prometió que, si llegaba el hambre o la plaga, y el pueblo se arrepentía y volvía a Él, escucharía la oración y sanaría la tierra (2 Crónicas 7, entre otros pasajes). Esto significa que cuando quienes han vivido en pecado y orgullosamente se humillan y suplican la misericordia de Dios en medio de la catástrofe, entonces Él interviene para sanar la tierra. Este principio sigue vigente. Cuando hoy en día las plagas se propagan, la función de la iglesia y de los creyentes no se limita a cumplir con las normas de prevención sanitaria, sino también a examinarse espiritualmente, a confesar sus pecados y a invocar la gracia de Dios. El pastor David Jang recalca que estos momentos de crisis son precisamente la ocasión para profundizar en el arrepentimiento, aferrarse a la Palabra y buscar a Aquel que es el Señor de la vida.
El Salmo 62 describe a Dios como el Creador del universo y de la tierra, el Soberano de la historia y Aquel que gobierna la vida de cada persona. Por lo tanto, Él sostiene la llave de la vida y la muerte, e impide que consideremos la muerte como el desenlace definitivo. Sin fe, es difícil asimilar esto; sin embargo, una vez que experimentamos Su gran poder y amor, solo podemos concluir diciendo: “En Dios están mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte y mi refugio”. Dicho de otro modo, aunque la plaga u otras calamidades expongan nuestras limitaciones, estas pueden transformarse en peldaños para acercarnos más a Dios y, así, tener una base espiritual inamovible.
Así, desde la perspectiva de la raíz del problema de la muerte y de la realidad de las plagas y los desastres, el único camino al que podemos aferrarnos como creyentes es “el Dios que es Roca” y “el Señor que es mi salvación”. La muerte y el poder del pecado fueron vencidos mediante la cruz y la resurrección de Jesucristo, que confirma la absoluta certeza de que Dios tiene tanto el amor como la capacidad de salvar. Incluso cuando nos damos cuenta de nuestra impotencia ante una epidemia, podemos aferrarnos al amor y al poder de Dios y permanecer en la confianza de que “el propósito de Dios para nosotros es bueno y eterno”.
III. El papel de la iglesia, la oración y la práctica
La época de la plaga revela con nitidez la actitud que la iglesia y los creyentes deben asumir. El pastor David Jang, basándose en Romanos 13, subraya la necesidad de obedecer a las autoridades establecidas y de cuidar la seguridad de los demás. De ahí que la iglesia, aprovechando los medios tecnológicos actuales, deba acatar las normas sanitarias del gobierno, implementar la distancia social y, cuando sea oportuno, celebrar cultos en línea a fin de proteger la salud de todos. Todo ello, sin ignorar la Constitución ni las disposiciones de las autoridades, pero manteniendo la esencia de la fe. La clave es no llegar al extremo de renunciar al culto dominical o a la esencia misma de la adoración comunitaria.
La fe se manifiesta no solo en el culto público sino en todos los ámbitos de la vida, y la iglesia está llamada a ser sal y luz. Cuando la epidemia se extiende por todo el mundo y el temor aumenta, es muy probable que la gente busque un refugio espiritual y dirija su mirada a la iglesia. Si, en ese momento, la iglesia se mantiene fiel en la adoración, si los creyentes actúan con valentía y, al mismo tiempo, con humildad y obediencia para contribuir a la seguridad de la sociedad, entonces el mundo observará: “¿Por qué no se estremecen ellos ante la amenaza de la muerte como todos los demás?”. Y precisamente esa pregunta abre la puerta para testificar: “Solo Dios es la Roca, nuestra fortaleza y nuestro refugio”. La iglesia no debe olvidar esta misión.
También es posible que dentro de la iglesia muchos hermanos sufran ansiedad y temor. Por esa razón, es aún más necesaria la comunión, la oración y el mutuo aliento. Santiago 5 insta a orar cuando alguien sufre, a llamar a los ancianos de la iglesia para orar por los enfermos, y a confesar los pecados unos a otros para orar por la sanidad. Se destaca la importancia del cuidado comunitario: “La oración del justo es poderosa y eficaz”. El ejemplo de Elías, quien, siendo un hombre común como cualquiera de nosotros, oró y durante tres años y medio no llovió, y luego oró de nuevo y la lluvia descendió (1 Reyes 17–18), demuestra el impacto que puede tener la oración de un solo hombre para transformar la iglesia y la sociedad entera. De modo que, hoy en día, mientras se propaga la epidemia, la iglesia debe encabezar la confesión, el arrepentimiento y la súplica para que Dios “sane esta tierra”. Nosotros, que podemos orar en el nombre de Jesús, tenemos aún mayor responsabilidad y oportunidad.
Además, el pastor David Jang propone que se utilice el tiempo de confinamiento o de distanciamiento social como un ejercicio espiritual. Muchos, en su vida ajetreada, no encuentran momentos adecuados para leer la Palabra y orar, pero, al verse obligados a permanecer en casa, pueden aprovechar la oportunidad de profundizar interiormente. Al verse forzados a detenerse, los creyentes pueden examinarse ante Dios, confesar sus pecados y purificarse a través de la Palabra. Los niños que no asisten al colegio tienen más tiempo en casa, y este puede convertirse en espacio propicio para el culto familiar y para que los padres transmitan la fe a sus hijos. Cuando la iglesia deja de reunirse formalmente, cada familia se convierte en una pequeña comunidad eclesial que continúa leyendo la Biblia y orando.
Entre las palabras de Jesús figura la frase: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mateo 23), pronunciada mientras contemplaba Jerusalén. Ilustra el deseo de Dios de cuidar y proteger a Su pueblo, de perdonar sus pecados y abrigarlos, pero el pueblo lo rechazó. Al llegar la plaga que azota sin piedad, tal vez el Señor esté extendiendo Sus alas para cobijarnos con mayor cercanía, invitándonos a refugiarnos bajo Su protección. Pero si la iglesia, en lugar de aceptar dicha invitación, se deja llevar por los valores mundanos o por el puro temor, se quedará sin el resguardo divino. Por ello, la iglesia debe proclamar en todo lugar: “Acercaos bajo las alas del Señor”.
Otra enseñanza práctica que podemos extraer de esta situación es la “humildad”. Cuanto más se jacta el ser humano de sus logros científicos y de su tecnología, más evidente resulta su indefensión ante desastres imprevistos. Cada año, miles de personas mueren de gripe común, prueba de que siempre están presentes los virus y epidemias. Cuando estalla una plaga fuerte, nos damos cuenta de que debemos volver a lo más básico: lavarnos las manos con frecuencia, por ejemplo. Por muy avanzada que sea nuestra civilización, si descuidamos “lo fundamental”, nos derrumbamos con facilidad. Quienes creemos en Dios reconocemos que, si Él no lo permite, nuestro aliento puede cortarse de un día para otro; esto debe impulsarnos a orar con mayor fervor. Es necesario que, junto a las precauciones para no contagiarnos, recordemos que el control de la vida y la muerte permanece en manos de Dios. Esa es la humildad genuina.
En medio de esta crisis, cuando el mundo está confundido por el miedo, la iglesia puede ser un instrumento del “buen olor de Cristo” al practicar una fe y un amor valientes. No obstante, esta “valentía” no consiste en ignorar las directrices sanitarias ni en rehusar la responsabilidad social insistiendo en reunirnos temerariamente. La verdadera valentía se refleja en cumplir con las exigencias del gobierno, lavarse las manos con frecuencia, guardar la distancia apropiada y, al mismo tiempo, decidir que “la adoración y la oración no se suspenden”. La iglesia no debe levantar reacciones negativas en la sociedad, sino transmitir consuelo y esperanza. Cada creyente debe asumir su responsabilidad como “representante de la comunidad local” y acercarse con amor y el mensaje del evangelio a los vecinos que, con temor, se encierran en sí mismos.
El pastor David Jang enfatiza repetidamente la necesidad de creer plenamente en la palabra del Señor: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. En tiempos de epidemia, se vuelve más tangible la posibilidad de perder la vida, y cada persona debe preguntarse: “¿Creo realmente que, aunque muera, viviré?”. “¿Afirmo la esperanza de la resurrección que existe más allá de la muerte?”. Esta no es una religión meramente teórica, sino una verdad que se encarna cuando nos enfrentamos a la dura realidad de la vida y la muerte. Cuando la iglesia abraza esta esperanza sin titubear, el mundo percibe en ella un poder espiritual. Y precisamente esa percepción será un factor decisivo para la difusión del evangelio.
Por consiguiente, la época de las plagas es un tiempo en que la iglesia debe intensificar la oración, estar alerta y mostrar dónde encontrar la verdadera paz y salvación. Cada creyente, de manera individual, debe arrepentirse y purificar su vida a la luz de la Palabra, compartir la fe con su familia y experimentar un avivamiento espiritual. Si esto se profundiza, tras el paso de la epidemia, la comunidad de fe resurgirá más sólida, lista para servir de guía en el mundo. El pastor David Jang afirma que la respuesta del cristiano no consiste en culpar a Dios ni dejarse llevar por el pánico, sino en persistir en el arrepentimiento, el servicio y la adoración. Aunque los miembros de la iglesia estén separados físicamente, continúan unidos espiritualmente; se apoyan con llamadas telefónicas y videoconferencias para compartir la Palabra, orar y fortalecer la comunión. De ese modo, no se produce un vacío espiritual durante el tiempo de aislamiento.
Según el pastor David Jang, a través de este proceso recordamos que todas las calamidades, incluidas las plagas, se encuentran bajo el gobierno de Dios. Cuando confesamos nuestro pecado, nos perdonamos mutuamente y obedecemos la Palabra, Él sana la tierra. A lo largo de la historia, en innumerables ocasiones, plagas, guerras y otras desgracias han evidenciado que este principio es válido. Cuando se acumula el clamor sincero de arrepentimiento y súplica, el Señor responde con gracia: hace que la aflicción pase y nos concede sanidad y restauración. Esta es la enseñanza integrada del Salmo 62, Juan 11 y Santiago 5: cuando oramos con fe en la soberanía de Dios, Él nos oye y actúa.
Por último, la etapa de la plaga tarde o temprano terminará. La diferencia radica en cómo la afrontemos: si, en medio de la crisis, como creyentes, nos desviamos del camino de la fe y buscamos solo la supervivencia al estilo del mundo, habremos perdido la oportunidad de crecer en Dios. Pero si convertimos este tiempo en un periodo de renovación espiritual, de mayor oración, estudio de la Palabra, arrepentimiento y humildad, al concluir la crisis seremos una comunidad de fe mucho más madura, que brindará testimonio al mundo. El hecho de proclamar “El Señor es mi roca y mi fortaleza, no seré conmovido” dejará de ser un simple eslogan y se tornará una evidencia real en nuestra vida. Si la iglesia redescubre el valor de la comunión y el culto, de los que gozábamos antes de la epidemia, y recupera la pasión por servir al prójimo y anunciar el evangelio, la sociedad percibirá a través de ella la realidad del Reino de Dios y su esperanza.
En conclusión, el pastor David Jang invita a reconocer claramente la fragilidad humana y el miedo a la muerte que suscita la epidemia, pero asimismo proclama que la única esperanza para trascenderlo está en Dios. Nos insta a aferrarnos a la verdad de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”, y a reafirmar la convicción expresada en el Salmo 62 de que solo Dios es nuestra roca y nuestra salvación. Al mismo tiempo, nos exhorta a vivir la enseñanza de Santiago 5, orando despiertos, confesando nuestros pecados y rogando por quienes sufren enfermedades, confiando en que la oración del justo es poderosa y eficaz. Sin descuidar el respeto a las autoridades y el orden social, también debemos guardar la esencia del culto dominical y encontrar en esta coyuntura una oportunidad de madurez espiritual y de compartir el evangelio. De ese modo, la iglesia y sus miembros cumplirán su función de ser sal y luz, anunciando al mundo la certeza de que “la muerte no es el fin”. Sobre todo, debemos recordar que la vida y la muerte se hallan bajo la soberanía de Dios, y, por ende, clamar con mayor humildad ante Su presencia. Entonces, nacerá en nosotros la confianza de que Él sanará esta tierra y fortalecerá aún más a Su iglesia. Cuando el mundo esté aterrado, la iglesia ha de mantener abiertas las puertas del evangelio, incluso para quienes están dispersos o no conocen a Cristo. Jamás olvidemos este mensaje tan sencillo, pero profundo y potente: quien se asienta en la Roca del Señor no será destruido. Y esta es la razón por la que hemos sido llamados en tiempos de epidemia.