La ira de Dios y el camino de la salvación – Pastor David Jang

El pasaje de Romanos (1:18-32) constituye un párrafo de suma importancia en el que el apóstol Pablo aborda el tema del pecado. Aunque el tema central de Romanos es la soteriología (la doctrina de la salvación), Pablo enfatiza que para comprender cabalmente dicha salvación, antes es indispensable contemplar en profundidad qué es el pecado. Si consideramos el pecado como una enfermedad, entonces la salvación sería el proceso de sanación de esa enfermedad. Por ello, si no se comprende bien la gravedad del “mal” llamado pecado, también resulta difícil entender y apreciar con gratitud la magnitud de la salvación. Recordemos las palabras de Jesús en Marcos 2:17: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. Esta declaración nos revela que nuestra condición fundamental es la de enfermos, y que necesitamos reconocer con exactitud la enfermedad para poder recibir el tratamiento. Por consiguiente, la sección que va de Romanos 1:18 hasta 3:20, donde Pablo expone la doctrina del pecado, sirve de fundamento para la doctrina de la salvación. Y es precisamente en Romanos 1:18-32 donde se describe el pecado de los gentiles a modo de introducción a esta doctrina del pecado.

El pastor David Jang, al subrayar el pasaje de Romanos 1:18-32, señala la importancia de notar que Pablo inicia su argumentación principal con la frase “la ira de Dios”. A menudo la gente tiende a pensar en Dios como un Dios de amor y nada más, pero Pablo afirma de manera clara que Dios se indigna al contemplar a la humanidad llena de pecado. Esto demuestra que el Dios omnipotente no es un ser trascendente carente de emociones, sino uno que quiso hacernos Sus hijos, pero que ha sido rechazado y traicionado, y por eso expresa un profundo gemido y lamento. A lo largo de la Biblia, Dios manifiesta una mezcla de tristeza e ira frente a la injusticia y la impiedad humana, algo muy distinto a la idea de un dios impasible que aparece en la mitología griega o en filosofías mundanas. Para el pastor David Jang, esta doctrina del pecado en Romanos 1 muestra de forma cruda “la miseria existencial” del ser humano que da la espalda a Dios. Al rechazar al Creador, llega un momento en que Dios “abandona” al pecador a su suerte, lo cual representa la sombra oscura del juicio y, a la vez, el justo resultado para quien rehúsa el amor de Dios.

El argumento de Romanos 1:18-32 se puede dividir en tres secciones principales: en primer lugar, “La ira de Dios y la impiedad”; en segundo lugar, “La injusticia humana y la depravación moral”; y en tercer lugar, “El juicio eterno y la esperanza de salvación”. Con estos tres ejes, Pablo saca a la luz el pecado de los gentiles y demuestra que toda la humanidad está inevitablemente encaminada a la perdición. A la vez, insinúa que la única vía de escape hacia la salvación es Jesucristo. En este punto, el pastor David Jang recalca algo clave: la impiedad es el pecado en la relación vertical, esto es, una rebelión contra Dios; mientras que la injusticia es el pecado en la relación horizontal, es decir, aquello que daña al prójimo. Y advierte que si no se soluciona la raíz de la impiedad, las distintas fórmulas éticas o morales del mundo terminarán por desmoronarse. Siguiendo esta línea, Pablo va describiendo de manera metódica la gravedad del pecado y cómo este desata la ira de Dios en contra de nosotros. A continuación, analizaremos el pasaje con más detalle a partir de estos tres subtemas.

Primer subtema: La ira de Dios y la impiedad

Pablo declara en Romanos 1:18 que “la ira de Dios se revela” contra la humanidad. Por lo general, la gente percibe a Dios tan solo como un Dios de amor y gracia; entonces, ¿por qué Pablo emplea la palabra tan contundente “ira”? La razón subyacente es la “impiedad” tan seria del ser humano: “Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias” (cf. Rom 1:21). El término “impiedad” (en inglés, ungodliness o godlessness) hace referencia a la actitud de excluir deliberadamente a Dios de la propia vida, negándolo o ignorándolo por completo. No se respeta ni se agradece a Dios, ni se le tiene en cuenta en lo más mínimo. Esta actitud es la raíz fundamental del pecado.

Aunque Dios es omnipotente y el Creador de todo, no se impone a la fuerza ni coacciona al ser humano para que lo ame. El amor solo tiene sentido cuando fluye desde la voluntad libre. Sin embargo, al ver que el hombre “no considera que valga la pena mantener a Dios en su mente” (Rom 1:28), la consecuencia es que Dios “los entrega” a sus propias pasiones, según subraya Pablo. Aquí hablamos de una suerte de “reprobación” o “abandono” (reprobation). El pastor David Jang explica que este versículo implica algo así como que Dios dice: “Si eso es lo que quieres, hazlo como desees”. No se debe a que haya menguado el amor de Dios o que carezca de poder, sino que, ante la negativa persistente del hombre, Él sencillamente permite que aquel se hunda en su propia ruina. Así pues, la esencia de la impiedad nace de la arrogancia de quien pretende vivir sin Dios.

A fin de mostrar el origen de esa impiedad, Pablo aclara que el ser humano ya contaba con suficientes pruebas para reconocer a Dios (Rom 1:19-20). La razón y la conciencia con las que fuimos dotados, así como la maravilla de la creación que nos rodea, dan testimonio de la existencia de Dios. Basta con un mínimo de observación atenta para concluir que semejante universo ordenado y armonioso no podría existir sin un Creador. Con este argumento, el pastor David Jang insiste en que negar a Dios no se debe a una falta de información, sino a un problema del corazón: es la actitud de quien dice “Como no lo veo, no existe”, cuando en realidad está eligiendo “No quiero que exista, por tanto, consideraré que no existe”, lo cual es un autoengaño.

En Romanos 1:21, Pablo describe la tragedia de esta postura: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido”. La palabra “vanos” (o “fútiles”) alude a un estado vacío y falto de verdad. Si se rechaza al Dios glorioso, el corazón humano se inunda de inutilidad y oscuridad. El versículo 23 añade que ese corazón vano “cambió la gloria del Dios incorruptible en imágenes de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. Es decir, la idolatría es fruto directo de la impiedad: en lugar de adorar al Creador, se exalta algún ser creado, creyendo ilusoriamente que aquello resolverá los problemas humanos. Esta idolatría ha estado presente en la historia: culto a cuerpos celestes, adoración de animales, mitos, deificación del emperador, etc. En el Imperio romano se exigía rendir culto al César, y los primeros cristianos fueron perseguidos por resistirse a ello.

Así, la impiedad describe el pecado en la relación vertical, y es la raíz de todo otro pecado. Según el pastor David Jang, incluso hoy en día la gente se ve tentada a idolatrar el dinero, el poder y muchos bienes materiales, siguiendo así el camino de la impiedad. “Donde no se rinde culto y reverencia auténticos a Dios”, señala, “tarde o temprano se cae en la servidumbre de otros ídolos”. Si apartamos a Dios de nuestra vida, ineludiblemente ese hueco será ocupado por algo más. Este es el resultado de la impiedad y el inicio de la idolatría. Según Pablo, ese rechazo hacia el verdadero Dios desencadena Su ira, pues el hombre rechaza el amor que se le ofrece y pone en el trono a la criatura en lugar del Creador. Ante tal perversión, es comprensible que Dios anuncie Su juicio y Su justa indignación.

Segundo subtema: La injusticia humana y la depravación moral

Si la impiedad se refiere al pecado en la relación vertical con Dios, la injusticia (unrighteousness) se relaciona con el pecado en la relación horizontal, es decir, con el prójimo y la sociedad. En Romanos 1:18, Pablo afirma que “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con injusticia restringen la verdad”. El hecho de que primero mencione la impiedad y luego la injusticia no es casual. Un corazón sin Dios a menudo deriva en un colapso ético y moral, manifestado en múltiples formas de injusticia. Pablo coloca como ejemplo principal la perversión sexual, en concreto, la homosexualidad (Rom 1:26-27). La razón de tal énfasis es que la homosexualidad, según él, viola de modo directo el orden establecido en la creación y representa una forma extrema de depravación.

En la perspectiva de la creación bíblica, Dios hizo al hombre y a la mujer, y el matrimonio y la familia están concebidos sobre la unión de ambos para multiplicarse. Cuando se tuerce este orden y se toleran relaciones “vergonzosas” (Rom 1:27) entre hombres con hombres o mujeres con mujeres, el resultado, advierte Pablo, es la ruina personal y social. Claro que no se trata de proclamar que la homosexualidad sea el único o el mayor de los pecados; de hecho, en la parte final de Romanos 1, Pablo enumera muchas otras transgresiones —envidia, homicidio, contiendas, engaños, malignidad, murmuraciones, calumnias, desobediencia a los padres, crueldad, falta de piedad, etc.—, todas incluidas en el ámbito de la injusticia. Sin embargo, el apóstol menciona la homosexualidad como un ejemplo emblemático que muestra el grado extremo al que puede llegar la depravación moral al rechazar a Dios.

El pastor David Jang relaciona este texto con la confusión moral y el relativismo ético de hoy día. Existe un optimismo según el cual el mundo puede mantener valores buenos y nobles al margen de Dios, pero la historia enseña que cuando se pierde la reverencia a Dios, suelen colarse los excesos y el libertinaje moral. También la antigua Roma, en su época de esplendor, mantuvo cierto nivel de moralidad, pero, con el tiempo, cayó en la riqueza, el desenfreno, la corrupción sexual y finalmente en la decadencia interna que condujo a su ruina. En la base de todo ello se hallaba la impiedad, y esta trajo consigo mucha injusticia.

Para el pastor David Jang, la iglesia y los creyentes tienen un cometido esencial al respecto. Para ser luz y sal en la sociedad, primero hay que restaurar una vida que reverencie a Dios. Sin Él en el corazón, por más que uno pretenda mostrarse virtuoso, termina prevaleciendo el egoísmo o el placer. Cuando Pablo habla de que Dios “los entregó” a pasiones vergonzosas, se refiere a que Dios deja que la codicia humana se desboque sin freno. El ser humano cae así en un descenso a la depravación, cometiendo todo tipo de fechorías. Los 21 pecados que enumera Pablo en los versículos 29-31 (asesinatos, contiendas, fraude, malicia, calumnias, soberbia, desobediencia a los padres, etc.) no se limitan a tiempos remotos, sino que se ven en cualquier sociedad impía. Esa lista sirve como un “catálogo” que demuestra que todos somos pecadores ante Dios.

Pablo incluso describe que esta proliferación del mal no se queda en transgresiones individuales, sino que a nivel colectivo se llega al punto de “no solo practicarlas, sino incluso aprobarlas” (cf. Rom 1:32). Es decir, la sociedad en su conjunto tiende a justificar o normalizar el pecado, generándose una “estructura” o “sistema” de pecado. La impiedad y la injusticia combinadas acaban destruyendo tanto al individuo como a la comunidad. Ni la ciencia ni el progreso tecnológico logran edificar una ética sólida si en el trasfondo persiste el rechazo a Dios. Hoy en día seguimos viendo corrupción, violencia y escándalos de todo tipo, que confirman la incapacidad humana para controlarse.

El pastor David Jang lanza una crítica contundente a esta realidad. Reconoce que la iglesia con frecuencia enfrenta duras críticas cuando se asemeja al mundo e incurre en la misma injusticia e impiedad. Mas el verdadero problema —dice— es que la iglesia a veces se ha secularizado y ha descuidado a Dios tanto como el resto. Cuando la iglesia reverencia a Dios y proclama fielmente Su voluntad, puede que el mundo la persiga, pero ella conserva su santidad y luz. Sin embargo, si el pecado penetra también en el ámbito eclesial, surge la hipocresía de juzgar a otros mientras se cometen los mismos pecados, tal como señala Pablo en Romanos 2. Su intención es generalizar el veredicto de culpa tanto a gentiles como a judíos, demostrando que nadie escapa a la condición de pecador. Así, en Romanos 1, Pablo recalca de modo especial el pecado de los gentiles —su impiedad, su injusticia y la perversión sexual que resulta de ello— para luego extender este juicio a toda la humanidad.

Tercer subtema: El juicio eterno y la esperanza de salvación

En Romanos 1:32, Pablo declara: “Quienes practican tales cosas son dignos de muerte según el decreto de Dios, y no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican”. Aquí, la “muerte” no se limita al fallecimiento físico, sino que alude a la condena eterna ante Dios. El pecado del ser humano culmina, pues, en la perdición, concretamente la Gehena o el infierno. El hombre mismo se encamina obstinadamente a ese destino, pese a que Dios le ha llamado por diferentes medios a que se arrepienta.

Sin embargo, el argumento de Pablo no se detiene en “están todos condenados, no hay esperanza”. En el contexto global de Romanos, tras revelar la desesperanza radical del pecado, Pablo muestra que solo en Jesucristo está la solución. Romanos 3:23 proclama: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, seguido de Romanos 3:24: “Siendo justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”.

El pastor David Jang destaca lo metódico y progresivo del razonamiento de Pablo para exponer la situación humana. Romanos 1:18-32 describe cuán tercamente el hombre rechaza a Dios y se corrompe, justificando así la ira divina. Luego, pese a ese abandono al pecado, todavía queda un atisbo de esperanza: Pablo nos dirigirá a la buena nueva de Jesucristo. Dios odia el pecado, pero no ha dejado de amar al pecador, y esa es la razón de ser del evangelio que recorre la Epístola a los Romanos.

Podría parecer que “la ira de Dios” y “el amor de Dios” son conceptos contradictorios, pero la Biblia presenta ambos como expresiones de la santidad y la justicia divinas. Cuando el hombre Le da la espalda, Dios se indigna; pero si el hombre se arrepiente y regresa, Dios lo recibe con Su amor. Así lo proclamaban los profetas en el Antiguo Testamento, desde Isaías y Jeremías hasta Ezequiel y Oseas. Por ejemplo, Isaías 1:2-3 muestra a Dios que exclama dolido: “El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor, pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende”. Aun siendo el Todopoderoso, se aflige como un padre a quien sus hijos traicionan.

Según el pastor David Jang, “la razón por la cual Dios se indigna contra el hombre no es meramente para condenarlo, sino para que se vuelva de su camino”. Si el hombre permanece en el pecado, se expone a la muerte eterna; de ahí que Dios advierta con Su ira y lo llame al arrepentimiento. Sin embargo, el corazón impío y lleno de injusticia tiende a rechazar incluso esta advertencia, justificándose o engañándose a sí mismo. “Dios no existe” o “Si Dios existe y es amor, de todos modos nos perdonará”, son pensamientos que Pablo llama necedad. Por un lado se niega la existencia de Dios, y por otro se le exige que sea “un dios de puro amor” que tolere el pecado, evidenciando un corazón contradictorio y vano.

En definitiva, el pecado humano merece la “pena de muerte” o condenación eterna, pero existe la puerta abierta de Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito…”. Este es el mensaje central del cristianismo y la médula de Romanos. Pablo dedica un espacio tan extenso a demostrar cuán profundamente corrompidos estamos, precisamente para que entendamos cuán sublime es la gracia de Cristo. El pastor David Jang dice: “Quien no es consciente de hallarse en situación de condena, no percibe con profundidad el valor del mensaje de salvación”. Pero, al enfrentar con honestidad el texto de Romanos 1, vemos que íbamos directo a la perdición, y por eso experimentamos la grandeza de la gracia de Jesús.

Por ello, ante la impiedad y la injusticia, y frente a la amenaza real del castigo eterno, solo podemos aferrarnos a la cruz. En los capítulos siguientes de Romanos, Pablo proclama este evangelio con toda claridad: por la sangre de Cristo somos justificados y, por el poder del Espíritu Santo, recibimos nueva vida. Pese a ello, no todos aceptan guardar a Dios en el corazón. Quien desee vivir sin Él, quedará a merced del pecado y enfrentará el juicio. Así pues, no debemos ignorar la dura advertencia de Romanos 1:18-32. Este llamamiento es atemporal y universal, vigente para todos.

Hoy muchos preguntan: “Si Dios existe, ¿por qué hay tanta injusticia y sufrimiento?”. Desde la perspectiva bíblica, la injusticia y el sufrimiento son consecuencia de que la humanidad decidió vivir sin Dios. Al perder al Dios que merecía nuestra adoración, llenamos su lugar con deseos, ideologías y sistemas corruptos. De ahí surgen las rivalidades, la codicia, la violencia y la corrupción. Por lo tanto, la raíz del problema reside en la impiedad y la solución consiste en volverse a Dios con arrepentimiento y someterse a Su señorío. Ese retorno es la salvación de la que habla el evangelio, el viaje de fe que implica confesar a Jesús como Señor.

El pastor David Jang subraya que, si no entendemos bien la “ira de Dios”, podemos convertir el “amor de Dios” en un mero sentimentalismo superficial. El amor de Dios en la Biblia se basa en la justicia y la santidad. No es un amor que tome a la ligera el pecado y lo pase por alto “porque Dios es amor”. Dios odia el pecado y advierte que, sin arrepentimiento, inevitablemente espera el juicio eterno. A la vez, revela un amor tan inmenso que entregó a Su propio Hijo por nosotros. Precisamente en esa tensión hallamos motivos para reverenciarle y, también, para agradecerle y alabarle. Si solo enfatizáramos el “amor” (“Podemos pecar tranquilo, pues Dios nos perdona”), o solo la “ira” (“Tengo tanto miedo que no puedo acercarme a Dios”), ambos extremos perderían el equilibrio bíblico.

Romanos 1:18-32 nos ayuda a preservar este equilibrio. No solo habla del amor divino, sino también de Su santa indignación ante el pecado. El hombre puede justificarse todo lo que quiera y negar a Dios, pero Él se ha revelado por medio de la creación y de la conciencia humana. La razón y la sensibilidad espiritual innatas en el hombre están dañadas por el pecado, y ello conduce a la idolatría, la inmoralidad sexual, el homicidio, la envidia, la desobediencia a los padres y la crueldad. El resultado es un callejón oscuro sin escape, tan mortal que Pablo lo llama “pena de muerte”. Pero justo cuando parece que no hay salida, se abre el camino del evangelio. Incluso en la mayor de las caídas, Dios ofrece la cruz de Cristo a quien se arrepiente. “El que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn 3:16).

El pastor David Jang enfatiza que esta verdad es el centro de nuestra fe. “Si no reconocemos que somos pecadores, la gracia de Cristo se limita a ser un concepto teórico”, afirma. Confrontados con la doctrina del pecado en Romanos 1, vemos cuán desesperada es nuestra situación, y así comprendemos el infinito valor de la gracia divina. Si minimizamos el problema del pecado y hablamos de salvación, perdemos parte del poder liberador del evangelio. Pablo, consciente de la importancia de este tema, dedica una elaborada sección a la doctrina del pecado antes de exponer a fondo la doctrina de la salvación. Lo mismo vale en la práctica pastoral: primero debe llevarse a la persona a verse como un pecador necesitado, para que se aferre al evangelio con auténtica desesperación. Si no, el evangelio puede ser percibido como una simple idea religiosa o un asunto cultural.

Resumiendo, el mensaje de Romanos 1:18-32 se traza más o menos así: cuando el hombre vive sin Dios e incurre en la impiedad, la consecuencia es la injusticia y la depravación moral. Y este estado despierta la ira de Dios, provocando un juicio y una condenación justos. Con todo, en medio de tan sombrío panorama, Dios ha provisto una puerta de salvación en Cristo Jesús. Solo a través de la fe en Él y el arrepentimiento podemos pasar de la condenación a la vida eterna. De este modo, el “pesado” mensaje de Romanos 1 no debe verse como mera fatalidad, sino como una oportunidad para reconocer nuestra necesidad de redención. Si aún queda en nosotros la terquedad de no querer a Dios en el corazón, el texto nos llama a extirpar esa raíz y volvernos de todo corazón al Señor. Tal como advierte Pablo, “si el hombre no quiere tener a Dios en la mente, Dios lo abandona a su propio camino” y el desenlace es la ruina espiritual y moral. Pero si “guardamos a Dios en la mente”, el Espíritu Santo nos conducirá a parecernos más a Cristo y producirá en nosotros fruto de justicia y santidad.

Así pues, Romanos 1:18-32, con su enseñanza acerca del pecado, no expone únicamente la maldad gentílica de tiempos pasados, sino que también refleja la condición de nuestro presente y nuestra propia vida interior. Pablo en los capítulos 2 y 3 extenderá la culpabilidad al pueblo judío, mostrando que toda la humanidad se halla bajo juicio divino. Por eso, el pasaje de 1:18-32 simboliza la situación en la que se encuentra “toda la raza humana”. Y, culminando esta doctrina del pecado, queda claro que sin Jesucristo carecemos por completo de solución. El pastor David Jang remarca: “Una vez que confrontamos el pecado, corremos presurosos hacia la cruz”. Sabemos que la ira de Dios es real, pero también lo es Su amor, que todavía nos espera. Delante de este Dios que nos presenta dos facetas a la vez, nos queda humillarnos en arrepentimiento y aferrarnos a la expiación de Jesús. Solo así hallamos libertad y vida.

El pastor David Jang también propone que Romanos 1 debe motivarnos a un diálogo más profundo acerca de la ética contemporánea. Por ejemplo, en torno a la controversia sobre la homosexualidad, la iglesia no debe limitarse al debate cultural, sino que ha de examinar con detalle el orden de la creación y el propósito divino. Igualmente, pecados como la avaricia, la envidia, la violencia, la desobediencia a los padres, la crueldad, etcétera, siguen presentes hoy, y como individuos y como iglesia debemos tomar conciencia de su gravedad. El problema de fondo radica siempre en la idolatría de poner algo distinto de Dios en Su lugar: sea el dinero, el poder o los propios deseos. En cuanto ensalzamos a una criatura o a un bien material por encima del Creador, empezamos a recorrer el camino de la impiedad. Y esto, tarde o temprano, engendra injusticia, caos social y autodestrucción.

En tal sentido, Romanos 1:18-32 se armoniza perfectamente con el mensaje global de la Escritura. Desde el Antiguo Testamento se relata cómo la humanidad, tras traicionar al Creador, acumuló fracasos y juicios. Aun así, Dios prometió a Abraham que de su descendencia surgiría la bendición para las naciones, y juró a David que enviaría al Mesías. Por fin, con la llegada de Jesucristo se selló el plan de salvación. Pablo, en Romanos, presenta la conclusión de esta gran historia: primero muestra la total depravación y falta de recursos del ser humano, y luego proclama la gracia absoluta de Cristo. El pastor David Jang describe esto como “la asombrosa historia del Dios que creó los cielos y la tierra, dispuesto a rescatar a la humanidad sumida en el pecado”.

Debemos comprender la gravedad de “la ira de Dios” y a la vez la inmensidad de “Su amor”. Romanos 1:18-32 expone con crudeza nuestra desesperación, pero en la visión integral de Romanos y de toda la Biblia, ese cuadro no termina en el abatimiento. Cuando cada persona admite su pecado y abraza el rescate de Jesucristo, pasa de la muerte eterna a la vida eterna. Entonces se hace vivo el mensaje de Juan 3:16: “Para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Hebreos 9:27 nos recuerda: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”, una advertencia solemne que realza la urgencia de recibir a Cristo, el único que nos libera de la condena.

En síntesis, Romanos 1:18-32 describe dos aspectos del pecado —la impiedad y la injusticia— y muestra que su consecuencia es el castigo eterno. Pero, al mismo tiempo, Dios, en Su misericordia, nos extiende una invitación a arrepentirnos y encontrar la salvación en Cristo. Toda la labor de Pablo al escribir esta epístola y su afán por proclamar la verdad radica en este evangelio que libera y da vida. El pastor David Jang nos anima a encarar este texto orando: “Señor, ayúdame a ver antes que nada mi propio pecado, y llévame luego a contemplar a Jesucristo”. En ese proceso descubrimos por qué Pablo se introduce en el tema de “la ira de Dios”: no es para machacarnos sin salida, sino para evidenciar con nitidez el eje principal de la fe, que es la salvación.

En definitiva, al cerrar Romanos 1, pareciera que la conclusión fuera “todos están destinados al infierno”, pero la lectura del resto de la carta nos conduce a “por medio de Jesucristo podemos ser justificados y tener vida eterna”. Aquí radica la gran paradoja del cristianismo: no somos justos por mérito propio, sino que lo somos enteramente por la gracia de Dios. De ahí que solo quepa la gratitud, la humildad y la alabanza. Para el pastor David Jang, este es el propósito final del estudio de Romanos y del vivir la fe. Dicho de otro modo, aunque la realidad de la muerte y la condenación es ineludible, la cruz de Jesucristo es el poder que limpia todo pecado y nos da la vida.

Por consiguiente, Romanos 1:18-32 nos sitúa ante dos caminos. Uno consiste en rechazar a Dios hasta el final, de modo que, abandonados a nuestra soberbia, terminemos de manera ignominiosa. El otro es aceptar con seriedad la ira de Dios, arrepentirnos y vivir bajo la gracia de Jesucristo. No existe una opción intermedia: o volvemos el rostro a Dios, o le damos la espalda. Si no hay arrepentimiento, el desenlace es la muerte eterna, como afirmó Pablo. Pero si nos volvemos al evangelio, descubrimos la libertad y la vida que hacen proclamar: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil 1:21).

Así, Romanos 1:18-32 proclama “la ira y el juicio de Dios” a la par que nos anticipa “el amor y la salvación de Dios”. Según el pastor David Jang, la enseñanza esencial es comprender que “la impiedad conduce a la injusticia y finalmente a la condenación eterna”. Sin embargo, aun en esa tiniebla, Dios ha abierto el camino de la gracia. Escoger ese camino o rechazarlo es la gran decisión que afronta el ser humano. Romanos no se detiene aquí, sino que desarrolla la doctrina de la salvación, pero el primer paso es encarar la realidad del pecado. Es natural sentirse incómodo ante la temática de la ira de Dios, pero la Biblia no calla por agradar nuestros oídos, sino que revela la verdad para nuestra salvación, aunque sea doloroso el diagnóstico.

Por último, este pasaje de Romanos 1:18-32 sigue vigente hoy. Aun con los avances de la civilización y la tecnología, el dilema central no cambia: ¿reconoceremos a Dios y le rendiremos culto, o lo negaremos para seguir nuestro propio deseo? El pastor David Jang destaca la urgencia de compartir de nuevo este mensaje de Pablo en nuestros días. No solo por la discusión en torno a la sexualidad, sino también por la idolatría al dinero, el individualismo, la violencia, la explotación y tantas manifestaciones del desorden actual. El único remedio real es el retorno a Dios y la transformación obrada por el evangelio. Cualquier otro intento no alcanza la raíz del problema, que es espiritual. Sin el enfoque en la gloria de Dios, incluso las obras aparentemente buenas quedan limitadas.

Por ello, debemos leer Romanos 1:18-32 examinando nuestro corazón y abriendo el oído al mensaje apostólico. Juan 3:16 proclama un plan de salvación que extirpa el pecado de raíz: quien lo cree y lo recibe obtiene vida eterna y se libera de la esclavitud del pecado. Pero quien lo rechaza solo halla la condenación. Ante esta disyuntiva, Pablo insta a abrazar el evangelio. El mismo llamamiento vale hoy para cada uno de nosotros.

En definitiva, Romanos 1:18-32 deja claro que, ante un mundo repleto de impiedad e injusticia, es inevitable la ira de Dios. No obstante, Él ha dispuesto la salvación mediante Jesucristo. Pablo muestra, por un lado, cuán profunda es la ruina del hombre, y por otro, cuán excelente es la gracia de Cristo. Así inicia su doctrina del pecado para luego conducirnos a la doctrina de la salvación en Romanos. “¿Hasta dónde ha caído el hombre?” es la pregunta que abre paso a “¿Hasta dónde nos ha levantado Dios?”. Esa es la razón de que Pablo empiece con la “ira de Dios” en un tono que podría parecer duro. El pastor David Jang aprecia profundamente la intención de Pablo y reitera que “para que el evangelio sea evangelio de verdad, se requiere un previo reconocimiento del pecado”. Si buscáramos solo mensajes agradables, reduciríamos el evangelio a un simple consuelo humanista o a una enseñanza moralizante. Pero Pablo describe sin disimulo la crudeza del pecado y así invita a todos a un arrepentimiento que conduce a la vida. La declaración inicial de “la ira de Dios” en Romanos 1:18-32 nos confronta, y nuestra respuesta se bifurca en dos posibles actitudes: menosprecio y rechazo, o reverencia y arrepentimiento. Quien opte por lo primero, proseguirá en su impiedad; quien elija lo segundo, se aferrará a la cruz de Cristo. Únicamente en este último camino se halla la justificación, el perdón de los pecados y la certeza de la vida eterna.

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