
1. La personalidad de Pilato y el proceso del interrogatorio de Jesús
En Juan 19:1-16 encontramos el encuentro entre Pilato y Jesús, un punto de inflexión muy significativo dentro de todo el Evangelio. A primera vista, parece ser el proceso judicial en que un gobernador romano, Pilato, interroga a un judío llamado Jesús. Sin embargo, en un plano más profundo, ahí se presenta una confrontación respecto a la Verdad eterna. En el centro de esa confrontación, está Jesús, el Hijo de Dios, siendo negado y ridiculizado. Si observamos detenidamente la actitud de Pilato, la de los líderes religiosos judíos y la de Jesús, descubriremos la escena decisiva de la prueba que sufre el Hijo de Dios, y también la revelación de la alianza entre Dios y el ser humano. El Pastor David Jang, al interpretar este pasaje, enfatiza el fuerte contraste entre la vacilación de Pilato y la obediencia inquebrantable de Jesús. Pilato tuvo un atisbo de compasión y la intención de dejar libre a Jesús, pero finalmente cedió a las presiones políticas y al deseo de autopreservación. Por otra parte, Jesús declara: “No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba” (Juan 19:11, paráfrasis), revelando que incluso su muerte está bajo la soberanía de Dios.
Pilato, a pesar de haber confirmado en repetidas ocasiones que no hallaba falta en Jesús, lo azota de manera inevitable. Según la costumbre de la época, una flagelación atroz (el castigo con azotes) podía aplacar a los acusadores, satisfaciendo su sed de castigo para así reducir la severidad de la pena o incluso liberar al acusado. Lucas 23:16 y 23:22 muestran cómo Pilato repite hasta tres veces: “Castigado le soltaré”. Esto indica que Pilato esperaba que, tras azotarlo duramente, los líderes judíos y la multitud se dieran por satisfechos, aceptaran la liberación y cedieran en su acusación. Aun siendo un método cruel, constituía para Pilato una posible vía de compromiso en medio de la enorme presión política que enfrentaba.
No obstante, el Evangelio de Juan no registra en detalle que Pilato azotara a Jesús con la intención de liberarlo después. El foco de la narración en este Evangelio no está en la compasión o en el conflicto interno de Pilato, sino en el hecho de que Jesús acaba siendo entregado para ser crucificado y en los planes malvados de cada grupo que participan en ello. Al omitir esa alusión a la “clemencia” de Pilato (mencionada en otros Evangelios), Juan recalca que Pilato es también cómplice decisivo en la muerte de Jesús. Él sabía que Jesús era inocente, pero para conservar su cargo (la gobernación) y su seguridad política, cedió y envió al inocente a la cruz.
Ahora bien, ¿acaso Pilato era desde el principio un hombre cruel y despiadado? Según testimonios históricos, Pilato, el quinto gobernador de Judea (del año 26 al 36 d.C.), reprimió con brutalidad a judíos y samaritanos, y generó gran escándalo al colocar estandartes militares que deificaban al emperador cerca del templo de Jerusalén, ofendiendo así los sentimientos religiosos del pueblo. Desdeñó las tradiciones judías y provocó múltiples enfrentamientos. Aun con ese trasfondo, en el momento de enfrentar a Jesús, Pilato percibió de manera intuitiva su inocencia y cierto misterio especial. Por eso declaró varias veces: “No encuentro en él ningún delito” y, cuando oyó decir que Jesús era el Hijo de Dios, se llenó de temor (Juan 19:8).
En este punto, los líderes judíos reaccionan de manera opuesta: tras oír la afirmación “Hijo de Dios”, se encienden en mayor hostilidad y odio. Pilato se angustia pensando: “¿Y si realmente es Hijo de Dios y yo lo mato injustamente? ¿No sería un pecado gravísimo?”. Pero los sumos sacerdotes y jefes religiosos se enfurecen aún más con ese mensaje. En Juan 19:6, los sumos sacerdotes y alguaciles gritan: “¡Crucifícalo!”, dejando claro que ni siquiera ante la imagen de Jesús cubierto de sangre sienten la más mínima compasión. Aquello no se reduce a una simple maniobra política, sino que, como interpreta el Pastor David Jang, revela la profunda oscuridad y la terrible ignorancia espiritual que se escondía en ellos, quienes se consideraban “el pueblo de Dios”. Sorprendentemente, un gobernador pagano como Pilato se estremece ante la verdad, mientras los sumos sacerdotes, ancianos y escribas, que conocen la Ley y han esperado al Mesías, proclaman sin rubor: “No tenemos más rey que el César”.
Con ello, niegan de facto la confesión básica de su fe: “Solo Dios es nuestro rey”. La identidad de Israel se fundamentaba, según los libros de Samuel, Reyes y los Profetas, en la soberanía real de Dios: “El Señor mismo es el rey de Israel”. Sin embargo, para lograr la muerte de Jesús, los líderes judíos extorsionan a Pilato: “Si sueltas a este hombre, no eres amigo del César” (Juan 19:12). Transforman la acusación de blasfemia en un acto de insurrección política y apelan al poder romano con actitudes completamente contradictorias. Pilato termina sometiéndose a esa amenaza.
Finalmente, Pilato declara, en tono de burla: “¡He aquí a vuestro rey!” (Juan 19:14), como si quisiera ridiculizar a los judíos que acusan a Jesús de sedición contra Roma. Paradójicamente, esa exclamación refleja, hasta cierto punto, la cercanía de Pilato a la verdad. Quizá incluso él percibía vagamente la realeza de Jesús. Sin embargo, los judíos vociferan: “¡No tenemos más rey que el César!”, rechazando así la soberanía divina y cayendo en un abismo de pecado. En ese instante dramático, Juan 19:16 muestra que Pilato finalmente entrega a Jesús para ser crucificado.
La escena del interrogatorio de Pilato a Jesús nos confronta, por tanto, con la pregunta acerca de la Verdad. Algunos, como Pilato, parecen preguntarse: “¿Qué es la verdad?” y se encierran en un escepticismo vacío; otros, como los sumos sacerdotes, han perdido por completo la reverencia frente a la verdad. Jesús afirma en Juan 18:37: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”. Sin embargo, los líderes religiosos judíos rehusaron su voz. Preferían sus privilegios e intereses a la búsqueda humilde de la verdad, y así perdieron toda capacidad de discernimiento. De este modo, el texto nos revela que no basta con tener mucha “fe” aparente o un gran “entusiasmo” religioso para alinearse con la verdad. El Pastor David Jang subraya que debemos cuidarnos de confundir pasión religiosa con búsqueda genuina de la verdad. Aquellos sumos sacerdotes y escribas estaban tan convencidos de sí mismos que, creyendo servir a Dios, cometieron la atrocidad de asesinar a Su propio Hijo.
Es también relevante la escena en que, ante la pregunta de Pilato “¿de dónde eres?”, Jesús guarda silencio, y luego responde: “No tendrías autoridad sobre mí si no te fuera dada de arriba” (Juan 19:11). Así, Jesús enfatiza que su muerte no depende del poder de Pilato ni de las amenazas judías, sino únicamente de la soberanía y la voluntad de Dios, a la cual obedece voluntariamente. Aunque ese camino conduce a la cruz, no se trata de una derrota, sino de la mayor victoria eterna. Jesús debía morir, pero esa muerte es un sacrificio vicario, el acontecimiento decisivo que abre el camino de la salvación para toda la humanidad. A los ojos del mundo parecía una derrota, pero como insiste el Pastor David Jang en múltiples enseñanzas, “la cruz es el lugar de la victoria más grande”. La muerte atroz que hasta el propio Pilato temió es, en realidad, el camino de vida que da vida a los hijos de Dios y destruye la muerte.
El interrogatorio de Pilato es, por tanto, una ironía de la historia y el punto culminante de un drama espiritual. Existe un grupo, como Pilato, que sabe de la inocencia de Jesús, pero, aún así, lo entrega a la muerte. Están también los líderes judíos que vociferan “No tenemos más rey que el César”, renegando de Dios. Sin embargo, Jesús avanza firme hacia la cruz. En cierto sentido, esta escena cuestiona cuán firmes debemos permanecer en la Verdad si queremos seguir el camino del Señor. Contemplando la duda escéptica de Pilato y la furia de los líderes judíos, debemos examinarnos a nosotros mismos: ¿Nuestra devoción religiosa podría estar oponiéndose, en realidad, a la obra de Dios? ¿Estamos negociando la Verdad con las potencias de este mundo, debilitando así el mensaje del Evangelio?
Por otra parte, cuando Pilato pregunta “¿de dónde eres?”, hemos de recordar la identidad que presenta todo el Evangelio de Juan acerca de Jesús: “El que ha venido de arriba”, “el que no es de este mundo”, “Aquel que procede del Padre”. Mientras no comprendamos esta sublime verdad, la inquietud de Pilato no se resolverá, ni el odio de los judíos se apaciguará. Solo desde la fe en que Jesús es el Hijo de Dios se entienden su identidad y la razón de su crucifixión. Y esa fe es el camino que nos da vida y salvación.
Pilato se jacta diciendo: “Tengo poder para soltarte y poder para crucificarte” (Juan 19:10), mas Jesús descansa en una autoridad más alta, la de Dios. El poder terrenal puede vacilar y corromperse, como se ve en Pilato y los líderes judíos, mientras que la autoridad de Dios se perfecciona en el silencio, la obediencia y el despojo de sí. A ojos del mundo esto se ve como una derrota, pero desde la perspectiva espiritual, encarna el triunfo del reino de Dios y el poder absoluto que vence el pecado y la muerte. Al encaminarse a la cruz, Jesús nos enseña a confiar en la soberanía y los planes de Dios.
El pasaje de Juan 19:1-16 termina cuando Pilato finalmente entrega a Jesús para ser crucificado. Histórica y teológicamente es un momento de gran trascendencia. En el tribunal romano, bajo la ley de Roma, Pilato, que conocía la inocencia de Jesús y temía a la verdad, se deja dominar por la presión política y comete la injusticia de condenar a muerte a quien nada había hecho mal. De manera paradójica, quienes más cooperaron en la ejecución fueron los líderes del “pueblo elegido” de Dios. Tal contradicción expone la facilidad con que el ser humano, bajo el instinto de supervivencia y el pecado, puede doblegarse ante la injusticia. Mientras tanto, Jesús, sin dejarse arrastrar por la violencia ni el odio, confirma que “si no te hubiese sido dado de arriba, no tendrías poder alguno” (Juan 19:11). Su silencio y aceptación de todo ultraje y sufrimiento están cimentados en la voluntad soberana de Dios.
El Pastor David Jang afirma que esta actitud de Jesús es el summum de la fe: confiar plenamente en la voluntad del Padre y obedecer sin titubeos, aunque esté en juego la propia vida. Esa obediencia, que se refleja de manera tan potente en la pasión y muerte de Cristo, es precisamente la esencia del discipulado que también se nos pide. Por ello, el enfrentamiento entre Pilato, Jesús y los líderes judíos no se reduce a un episodio histórico, sino que continúa desafiándonos hoy.
2. El camino de la cruz y el significado de Cristo como verdadero Rey
Del interrogatorio de Pilato y Jesús, deducimos que la crucifixión del Señor no fue un simple resultado de la conspiración política o de una equivocación jurídica, sino que ocurrió dentro del plan de salvación de Dios. La cruz era la peor de las muertes, pero Jesús la aceptó voluntariamente. Quizá pudo haber enfrentado otros desenlaces, como ser apedreado o condenado a morir en la cárcel por un juicio erróneo. Sin embargo, escogió la crucifixión, el suplicio más doloroso y humillante. Ello confirma lo anunciado en Juan 3:14: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. Ser “levantado” en la cruz es la señal de salvación.
En el antiguo Imperio romano, la crucifixión se reservaba para criminales de la peor índole y, para los judíos, conllevaba la idea de maldición, con base en Deuteronomio 21:23: “Maldito por Dios es el que es colgado en un madero”. Ver a alguien clavado en una cruz producía horror y repulsión. Pero Jesús, el Hijo único de Dios, asume esa posición maldita para cargar sobre sí la condena que correspondía a toda la humanidad. Ahí se revela la razón profunda por la que “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Obedeciendo hasta la muerte, incluso muerte de cruz, Jesús introduce en el mundo la lógica del reino de Dios, que es difícil de entender y aceptar para el mundo, pero que se edifica sobre el servicio, el sacrificio y la obediencia.
El Pastor David Jang recalca que la cruz representa precisamente el principio operativo del reino de Dios, es decir, el amor, el sacrificio y la obediencia. Usualmente pensamos que un rey gobierna desde un trono, ejerciendo autoridad y proclamando decretos, pero Jesús revela su realeza muriendo en una cruz. No es una mera contradicción dialéctica, sino la esencia del evangelio del reino: “El que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor”, y “el que quiera ser el primero, será vuestro siervo” (Mateo 20:26-27). Por eso, cuando Pilato exclama: “¡He aquí vuestro rey!”, aunque Jesús esté manchado de sangre y con aspecto miserable, desde la perspectiva espiritual está sentado en un trono auténtico. Es el Hijo de Dios, el Rey de reyes. Aunque para los líderes judíos fuera burla y para Pilato un gesto sarcástico, el Evangelio declara irónicamente que es la verdad. La tablilla que colgaron sobre la cabeza de Jesús rezaba: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Juan 19:19). Era la forma romana de documentar el crimen, pero en realidad anunciaba la verdadera identidad de Jesús.
¿Cómo, entonces, hemos de comprender a este Rey y cómo hemos de seguirlo? Si no captamos la esencia de la cruz, podemos quedar reducidos a una visión meramente milagrera o utilitarista de Jesús, como si fuera un “Rey de poder”. Mas su realeza auténtica se manifestó al obedecer hasta la muerte, con el fin de salvar a toda la humanidad. Por eso, la cruz es poder de Dios para quienes creen, pero para quienes no creen parece una necedad y no se relaciona con la gloria terrenal (1 Corintios 1:18).
El Pastor David Jang destaca que, a través de la doble tortura de Jesús—primero con azotes y luego la crucifixión—aprendemos que la senda de la fe no es fácil. Jesús fue azotado, recibió golpes que le arrancaban la piel, llevó en su cabeza la corona de espinas y fue clavado en la cruz. Se trata de uno de los castigos más inhumanos de la historia. Sin embargo, ese camino conduce a la vida. Así como Jesús enseñó en Juan 12:24: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. En nuestra peregrinación de fe, a veces también encontraremos pruebas y persecuciones, pero no son derrotas, sino oportunidades para que Dios produzca fruto espiritual. Ante el temor y el sufrimiento, el cristiano recuerda la pasión del Señor y confía en que el camino de la cruz desemboca en la vida.
Cuando reflexionamos sobre el camino de la cruz, inevitablemente pensamos en el discipulado. La vida de Cristo es nuestro ejemplo, y su muerte nuestro modelo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24). Sin embargo, las actitudes de Pilato, los sumos sacerdotes y la multitud evidencian lo contrario: la cruz se opone a nuestra naturaleza humana. La gente se aferra a su beneficio propio, al reconocimiento y al poder. Así, huyen de la cruz o atacan a quien la asume.
La cruz nos demuestra no solo que somos pecadores, sino también el inmenso amor de Dios y qué espera de nosotros: “¿Podré caminar yo también la senda de la cruz como lo hizo Jesús?” Esa pregunta es el meollo de la fe cristiana. El Pastor David Jang enseña que no basta con un sentimentalismo o con derramar lágrimas ante la cruz, sino que debemos llevarla a la práctica en nuestra vida diaria. No se trata de palabras resonantes en la iglesia, sino de un compromiso real de negarnos a nosotros mismos y obedecer a Dios en las diversas situaciones que enfrentemos.
Tal vez temamos la palabra “muerte” asociada a la cruz. Pilato sintió miedo al enterarse de que Jesús era llamado “Hijo de Dios”, y nosotros también temblamos cuando reconocemos nuestro verdadero estado ante la Verdad. Podemos preguntarnos: “¿Estoy viviendo rectamente ante Dios o, como Pilato, estoy cediendo a la presión del mundo? ¿Estoy traicionando al Señor igual que los líderes judíos?” No obstante, al traspasar ese miedo y contemplar con fe el camino de Jesús, recibimos liberación y libertad. No vivimos atados a la culpa, sino que, a través de la muerte y resurrección de Cristo, “tenemos perdón de pecados” y accedemos a una vida nueva.
¿Cómo debe cambiar nuestra actitud frente a la cruz? Primero, debemos rechazar actuar como Pilato, que antepuso sus cálculos políticos y se sometió a lo que le convenía, aun sabiendo que Jesús era inocente. Nosotros también podemos distorsionar o suavizar la Verdad por miedo a la pérdida o al conflicto con la sociedad. Si lo hacemos, no seremos mejores que Pilato, que entregó al Justo para ser crucificado.
Segundo, hemos de cuidar que el “celo religioso” no se convierta en el peor enemigo de la voluntad divina, como sucedió con los líderes judíos. Estaban orgullosos de su ortodoxia y devoción, y proclamaban esperar al Mesías, pero cuando llegó, lo crucificaron. Cuanto más ardiente sea nuestra fe, con más urgencia necesitamos discernir, guiados por la Palabra y el Espíritu, para no caer en fanatismos o desvíos que terminen oponiéndose a Dios.
Tercero, la cruz ha de ser una fuerza real en nuestra vida, no un mero símbolo religioso. El camino de Jesús es obedecer hasta el fin la voluntad del Padre, como cuando en Getsemaní oró “Abba, Padre”, aceptando la copa de la muerte. Para nosotros, asumir ese mismo camino no significa torturarnos ni buscar metas inalcanzables, sino depositar nuestra absoluta confianza en la fidelidad de Dios. Sin esta confianza, la invitación a tomar nuestra cruz quedaría en una retórica vacía o en un esfuerzo imposible.
Cuarto, hemos de aferrarnos a la verdad de que, aunque la cruz aparenta ser “la forma más miserable de morir”, en realidad es la “victoria más gloriosa”. La crucifixión transformó la historia espiritual. Satanás pensó que crucificando a Jesús triunfaría, mas esa muerte expió el pecado de la humanidad y destruyó el “poder de la muerte”. La resurrección de Jesús fue posible por medio de la cruz y, gracias a ella, se abrió el camino de la salvación. Para los creyentes, el Rey que adoramos no domina sobre un esplendor terrestre, sino que extiende su reino al entregarse por todos nosotros.
Quinto, la cruz no se reduce a un asunto de salvación individual, sino que transforma a la comunidad. La Iglesia primitiva, tras la resurrección, enfrentó la represión del Imperio romano y la hostilidad de los líderes judíos, pero se mantuvo inquebrantable, ya que había asimilado el significado de la cruz. “Si el Señor tomó con gozo el camino más duro y luego resucitó, nosotros también venceremos cualquier tribulación.” Esa fe unificó a la Iglesia y la impulsó a crecer aún en la persecución.
Finalmente, el mensaje nos toca hoy. Aunque el mundo actual difiera en cultura y tecnología de la época de Jesús, la naturaleza humana y la lógica mundana apenas han cambiado. Aún experimentamos el dilema de Pilato entre la conveniencia y la Verdad; seguimos observando líderes religiosos que, parapetados en su fanatismo, se apartan del verdadero sentido de Cristo; y masas populares que, impulsadas por la corriente de la opinión, condenan injustamente a inocentes. En medio de esta confusión, la cruz nos señala el camino: ver a Jesús como el Rey verdadero y vivir en obediencia y amor sacrificial.
El Pastor David Jang insiste en que la Iglesia será luz y sal en el mundo solo si se humilla al pie de la cruz y se arrepiente. Si la Iglesia se alía con los poderes seculares o con las corrientes de la cultura, comportándose como Pilato o como los líderes judíos que rechazaron a Jesús, traicionará el espíritu de la cruz. Para ejercer la influencia que el Señor le encargó, la Iglesia ha de imitar al Cristo que “se vació a sí mismo”, debe reverenciar el poder de lo alto más que temer a los poderes terrenales, y discernir siempre la verdad mediante la Palabra y la oración, practicando el amor en el seno de la comunidad.
Por tanto, el pasaje de Juan 19:1-16, en el que Pilato interroga a Jesús hasta dictar la sentencia de crucifixión, expone la injusticia política y judicial de la Roma imperial y, a la vez, la ceguera de los líderes religiosos. Pero, desde la fe, vemos el clímax del plan redentor de Dios para salvar a la humanidad del pecado. En medio de ese torbellino de pecado e injusticia, Jesús se entrega en absoluta obediencia al Padre. Gracias a esa “obediencia hasta la muerte” (Filipenses 2:8), hoy gozamos de salvación. Este es el Evangelio y nuestra esperanza.
Así, contraponiendo la crueldad de Pilato y los líderes judíos con el sufrimiento de Jesús, obtenemos tres enseñanzas. Primera: debemos conocer la Verdad. Sin conocerla, cualquier poder, sea religioso o político, termina cometiendo los peores abusos contra el inocente. Segunda: no rehuyamos el camino de la cruz. Aunque implique dolor y sacrificio, es el único que conduce a la resurrección y la gloria. Tercera: no basta saber de memoria que Jesús es el Hijo de Dios; debemos asimilar esa verdad de manera transformadora. Si reconocemos que Jesús es Rey, cada palabra y decisión de nuestra vida tiene que alinearse con Su señorío.
El Pastor David Jang concluye que “solo quienes se aferran a la Verdad y siguen la cruz constituyen la verdadera Iglesia”. Ello implica que la Iglesia, como comunidad, encarne el amor sacrificial de la cruz, sin caer en la tentación de la religión egocéntrica o del poder mundano. Siempre con la mirada en el Cristo crucificado, que venció la muerte y ofreció nueva vida. Ese es el discipulado auténtico y la fuerza del Evangelio.
Reflexionar a fondo sobre Juan 19:1-16, sobre el juicio ante Pilato y la condena de Jesús, nos lleva a reconocer en nosotros elementos parecidos a los de Pilato, los sumos sacerdotes o la multitud. Sin embargo, al mismo tiempo, contemplamos el amor y la obediencia ilimitados de Jesús, que murió por pecadores como nosotros. “¡He aquí el hombre!”, exclamó Pilato, mostrándolo ante el pueblo con un semblante desfigurado y ensangrentado. Pero ese Hombre, en realidad, es el Hijo de Dios y el verdadero Rey. Así de paradójico es el corazón del Evangelio.
A fin de cuentas, ni el rechazo del mundo ni las conspiraciones malintencionadas pudieron doblegar a Jesús; Él se dirigió voluntariamente a la cruz para dar testimonio de la Verdad, la cual es que “Dios es amor” y que ese amor llega hasta el extremo de entregar todo de sí. Gracias a ese amor, todo el que entra en Él deja de ser esclavo de la muerte y pasa a ser siervo de la justicia y la vida. Al llevar esta Buena Noticia, el mundo nos puede rechazar o ridiculizar, pero el poder de la cruz permanece.
Como el Pastor David Jang repite en muchas de sus predicaciones: “Si nos aferramos a la Verdad, ningún poder mundano podrá separarnos del amor de Dios”. Ni los azotes de Pilato, ni la calumnia de los líderes religiosos, ni el clamor de la multitud pidiendo crucifixión frustraron la victoria de Jesús sobre la muerte. Fue una victoria distinta de la del mundo, pero una victoria real que aplastó el reino de la muerte, y esa victoria continúa con nosotros. Al ponernos bajo el reinado de Jesús, el Hijo de Dios, y someternos a Él, la gracia y el poder de la cruz transforman nuestra vida y, a través de nosotros, también la comunidad que habitamos.
Por último, el interrogatorio de Pilato (Juan 19:1-16) revela, por un lado, la injusticia y la perversión del ser humano al anteponer el interés político o el fanatismo religioso a la Verdad. Pero, por otro, demuestra la majestuosa determinación de Jesús al preferir la humillación de la cruz, con pleno conocimiento de la soberanía divina: “No tendrías ninguna autoridad si no se te hubiera dado de lo alto”. Eso significa que la cruz no fue una muerte meramente injusta, sino un sacrificio redentor ya previsto. De este modo, aprendemos que en nuestra cotidianidad también estamos llamados a recorrer “el camino de la cruz” que Dios nos ha designado, confiando en Su voluntad.
En estos dos ejes temáticos, siguiendo al Pastor David Jang, vemos con claridad dónde se fundamenta la identidad cristiana: en la mentalidad de la cruz. Debemos desechar la altivez, la violencia, la hipocresía y asimilar el amor encarnado de Dios. Debemos, cada día, examinarnos para no comportarnos como Pilato, impotentes ante la Verdad, o como los sumos sacerdotes, tan ensimismados en su religión que rechazaron la Verdad. Solo si hacemos de la cruz y de la muerte y resurrección de Cristo el eje de nuestra vida, podremos vivir en santa obediencia y un amor ardiente.
La frase de Pilato “¡He aquí vuestro rey!” encierra una burla, pero se transforma en declaración de fe: el Hijo de Dios, aparentemente derrotado y débil, posee la fuerza suprema para salvar. Esta paradoja es el corazón del Evangelio. Escoger ese camino no es fracasar, sino seguir la senda de la vida y la gloria. Lo confirman numerosos pasajes bíblicos y el testimonio de los mártires a lo largo de la historia de la Iglesia. Al recorrer con gozo este sendero, Dios amplía Su reino y Su justicia a través de nosotros.
Ojalá que al acercarnos a Juan 19:1-16, podamos reconocer en Pilato y en los líderes judíos aquello que hemos de confesar y dejar atrás, y que imitemos la obediencia de Jesús, que llevó su cruz hasta el final. Que nuestra fe no sea solo un discurso, sino un modo de vivir que manifieste la Verdad. Tal como enseña el Pastor David Jang, el verdadero Evangelio es poder que nos conduce delante de la cruz de Cristo y nos hace andar en la senda del “negarnos a nosotros mismos”. Y al final de ese camino, nos espera la esperanza de la resurrección y la corona de vida. Ese es el eco eterno que resuena desde el tribunal de Pilato hasta la cruz, y el centro de la Verdad que la comunidad cristiana debe anunciar al mundo.
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